Hace muchos años, en una lujosa mansión, habitaba una familia acomodada de empresarios.
Con más de seis criados y mayordomos a su servicio, vivían prodigiosamente, despreciando a la gente que no poseía el mismo nivel económico.
La señora de la casa, Águeda, era una persona muy chismosa: se pasaba día y noche hablando de los asuntos privados de los demás, inventando chismes por doquier y ,sobre todo, presumiendo de su enorme fortuna, que le permitía conseguir todo aquello que se le antojara.
El señor de la casa, por el contrario, era un hombre bondadoso, servicial y pocas veces alardeaba de sus posesiones.
Carmila, la hija del matrimonio, era sin duda la chica más caprichosa que existía. Poseía todo aquello que cualquier adolescente de quince años soñara: ropa a la última moda, joyas en abundancia, limusina que cada día la llevaba de compras al centro de la ciudad, entrenador personal que la ayudaba a mantenerse en forma, chicos guapos rendidos a sus pies, maestro de danza, peluquero y estilista.
Pero a pesar de todo esto, Carmila era una joven sin amigas. Su cruel personalidad, su antipatía y su fama de altanera provocaban el espanto de las demás chicas.
A Carmila no le afectara mucho el estar sola, sin embargo, sentía celos de las demás.
Una tarde, cuando Carmila estaba de compras en una tienda lujosa, observó a un grupo de chicas que a través del escaparate miraban fascinadas las prendas de ropa con tan altos precios.
Carmila pensó que sería la oportunidad perfecta para conseguir a unas amigas, y se acercó a ellas decidida:
- Yo os compraré lo que queráis de la tienda, pero vosotras debéis prometer que seréis mis amigas - les dijo decidida.
Las chicas aceptaron conformes aquella propuesta y Carmila las obsequió con unas camisetas de diseñador muy estilosas.
Así, poco a poco, Carmila se aprovechaba de sus compañeras, las obligaba a actuar a su voluntad y a satisfacer sus caprichos. Cada día, las chicas se arrepentían más de haber aceptado la propuesta, pues era como si hubiesen vendido su alma al mismísimo diablo.
Una noche, mientras Carmila yacía en sueños, una luz potente y clara la despertó. A medida que la luz se hacía más molesta, se iba formando una excelsa figura opaca, que finalmente resultó ser un hada.
Carmila pensaba que aquello era un sueño, pero cuando se pellizcó el brazo comprobó que todo era real.
El hada se acercó con semblante severo y agitó su varita firmemente diciendo:
- Carmila, has sido una joven muy cruel, te has aprovechado de las únicas personas que te ofrecieron su amistad. Ahora te voy a convertir en lo mismo que has convertido tú a tus amigas: una marioneta -.
Y con unas palabras mágicas Carmila se encontró en el borde la cama,
convertida en un muñeco de trapo.

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